Cuando era pequeño, uno de mis sueños era poder ir a ver el Circo Ringling, 'El Mayor Espectáculo del Mundo', como rezaba la publicidad, pero me tuve que conformar con ir a ver a Teresa Rabal y su 'Menor Espectáculo del Mundo', como rezaba mi credo. Ya mayor, y después de la crisis que hizo desaparecer prácticamente todos los circos, renació y se reinventó de la mano del Cirque du Soleil, y tuve ocasión de ir a verlo. Hoy he podido cerrar el círculo yendo a ver The Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus en Omaha.
Esta mañana, cuando me he despertado en Nebraska lo he hecho con una sonrisa de oreja a oreja, ya que uno de mis sueños de infancia se iba a hacer realidad: ir a ver el Circo Ringling con sus tres pistas llenas de payasos, trapecistas, malabaristas, tigres, elefantes y caballos.
Ya dentro del QWest Center de Omaha, donde se celebraba el magno evento, el niño que todos llevamos dentro ha despertado con más fuerza que nunca al darse cuenta que al cabo de pocos minutos vería 'en vivo y en directo' lo que tantas veces había visto años ha por la tele.
Antes de empezar el espectáculo los integrantes del circo han ofrecido la posibilidad a los espectadores de bajar a la pista y, un servidor, ni corto ni perezoso, cámara en ristre, no se lo ha pensado dos veces para poder estar cerca de sus iconos de infancia.
Tener a un palmo de distancia a esos artistas de las carpas, ahora auditorios, le hace poner a uno la 'gallina de piel' y sentir que se encoge por momentos, volviendo a tener 5 años y los ojos vidriosos por la emoción.
Dentro de ese gran sueño que era pisar la pista del Circo Ringling había una parte realmente excitantes y era poder estar cerca de un elefante amaestrado y verlo ejecutando todos los trucos que su domador le había enseñado.
No obstante, el hecho de verlo ahora con ojos de adultos la sensación no es la misma que cuando uno era pequeño. Ahora ve más allá y es consciente de que estos animales no han nacido para ser 'mascotas de circo', sino que lo han hecho para estar en libertad. E ahí el dilema, la lucha interna entre el niño inconsciente y el adulto consciente...
Y, por desgracia, esa sensación no ha desparecido durante todo el espectáculo, no siendo tan grande como esperaba. Sólo los payasos han logrado arrancar alguna que otra sonrisa y los trapecistas-malabaristas algún que otro 'asombro' descafeinados por ver a esos animales antaño admirados y ahora compadecidos.
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