La primera parte del viaje, y la más dura y larga, ya estaba superada pero aún quedaban cinco horas para la conexión del vuelo entre Atlanta y Omaha (Nebraska), y, antes de eso, el temido control de inmigración, que pasaríamos juntos los dos tocayos, Jorge, mi compañero de viaje de Barcelona a la capital de Georgia, y yo, Jordi.
Para mi el 'Momento Inmigración' antes de entrar a los Estados Unidos siempre ha sido difícil, ya que, normalmente, a parte de tener la sensación que soy un judío a punto de ser deportado a un campo de concentración nazi, tengo la suerte de que me toque el agente de inmigración más antipático y altivo que uno se pueda echar a la cara, que te acribilla con una batería de preguntas imposibles de entender y más aun de responder.
Casualmente, mientras hacemos la cola de 'visitors' Jorge y yo, y nos vamos acercando al temido destino con el agente de inmigración, me doy cuenta de que uno de los agentes es el antipático y altivo que me 'atendió' hace un par de años. Se lo comento a mi compañero de forma anecdótica, mientras cruzo los dedos para que no sea él el que me toque.
Después de más de media hora de cola entre jamaicanos, mexicanos, coreanos y gente diversa de diversos países, no colocan como ganado frente al 'box' del agente que nos atenderá. Por suerte, no es mi 'querido' agente, sino el del al lado. Buf, por poco!
Jorge va antes que yo en la cola y como tiene prisa para pillar el vuelo de conexión a Chicago, nos despedimos no sin antes darle una de mis tarjetas de visita para lo que necesite. Jorge entra en el 'matadero' y en menos de cinco minutos, después del control de pasaporte, el control dactilar y facial, ya está fuera. Bueno, parece que el agente en cuestión no es un hueso duro de roer, incluso parece simpático.
Mi turno. Saludo al agente con mi mejor "hello" y le doy el pasaporte, junto con el formulario de inmigración que nos han hecho rellenar en el avión. Mientras coge la documentación me pregunta que a dónde voy. Le respondo que "a Nebraska a visitar a mi tío". Al ver mi pasaporte español, el agente, para mi asombro, cambia al idioma español y me pregunta que cuál es el motivo de la visita. Le respondo aliviado al poder hablar en mi idioma que "a pasar unos días de vacaciones". Sonríe y sigue comprobando la documentación. Mientras, aprovecho para mirar su placa y veo que se apellida Meléndez. Ahí está! El agente es hispano por eso su facilidad para cambiar de idioma.
Ahora viene cuando me toman las huellas dactilares y una foto de mi careto para comprobar que el del pasaporte soy yo y no el Chacal disfrazado de inofensivo turista español. El agente sigue con su cuestionario, con preguntas del tipo "es la primera vez que visita los EEUU", "a qué se dedica", y otras por el estilo.
Al terminar el reconocimiento dáctilo-facial me devuelve la documentación y me suelta efusivamente: "Bienvenido a los Estados Unidos de América, Sr. Sardiña!". Qué subidón!
Ahora sólo falta pasar el control de maletas y localizar la puerta desde donde sale mi vuelo dirección a Omaha y matar las cuatro horas que tengo, leyendo, escuchando música o durmiendo.
Paso el control de maletas sin problemas, ya que me atiende Papá Noel haciendo horas extras como agente de aduanas.
En cuanto a localizar la puerta de embarque, para variar, en las pantallas informativas no aparece mi vuelo ni la puerta y menos la hora de embarque. Es que...!
Busco un puesto de información y pregunto por mi vuelo. El tío que me atiende sin mirarme a la cara me apunta la puerta en la tarjeta de embarque por si no lo he entendido. Como soy 'guiri'...
Bien, puerta A27. Eso significa que tengo que ir hasta la terminal A y para ello tengo que coger un tren interno ya que el aeropuerto de Atlanta es enorme.
Me planto en la terminal en menos que canta un gallo y me dirijo a la puerta en cuestión esquivando a multitud de pasajeros en tránsito. La sorpresa (desagradable) llega cuando llego, valga la redundancia, a la puerta de embarque, ya que el vuelo lleva un retraso de una hora. Ya estamos...
Me pregunto el porqué y la respuesta me llega de inmediato al mirar por la ventana más próxima a la puerta: está cayendo la de atún!
Eso si que es mala suerte. Y encima, tiene pinta de no parar en mucho rato. Ya me veo pasando la noche en el aeropuerto...
Mis temores se hacen realidad cuando por megafonía nos comunican que el vuelo dirección a Omaha no tiene hora de salida por culpa de la tormenta que nos afecta. Madre mía!
Hago un par de intentos y al final, después de meter un dólar y medio, consigo hablar con mi tío. Está al corriente de todo a través de Internet. Si yo soy previsor, él más. Se ha llevado el portátil con él para seguir online la evolución del vuelo. O sea que no hace falta que le diga más. Incluso antes de que nos comuniquen por megafonía que el vuelo saldrá con dos horas de retraso, él ya lo sabe. Paciencia, pues, por las dos partes...
Finalmente, embarcamos a las 22 h. y el avión despega a las 22.30 h. El pasajero de mi lado busca conversación a propósito del retraso pero yo no estoy para nada, ya que para mi son las 5 de la madrugada y con más de 10 horas de vuelo entre pecho y espalda.
El vuelo se hace eterno, a pesar de dormir casi las dos horas que dura. No puedo más!
Por fin llegamos, pero me cuesta salir del aparato media hora más. Por favor!
Salgo disparado y nada más salir me encuentro a mi tío y a su buen amigo y compañero de piso Roland esperándome con las caras desencajadas por el cansancio. Quien espera, desespera!
Vamos al parking a buscar el coche, o 'pick-up truck' mejor dicho -vehículo 'oficial' en todo el 'midwest'- , mientras comentamos las incidencias del vuelo, y nos dirigimos a Blair, una pequeña localidad a unos 40 km. de Omaha, donde vive mi tío.
Una vez en la 'home sweet home', mi tío me prepara un delicioso bocadillo de pavo y queso, ya que es casi hora de desayunar en España, mientras yo me acomodo en la habitación que me han preparado para pasar estos más de quince días en tierras americanas.
Digo 'Good Night' y a dormir. Mañana u hoy o no sé, será otro día...
Continuará...

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